Religión y derecha arrasaron conquistas en Brasil
Con el secretario general de la Confederación Sindical de Trabajadores de las Américas, Rafael Freire.
La principal causa de la victoria de Jair Bolsonaro en las elecciones de Brasil fue la creencia de una gran mayoría de trabajadores de que las mejoras sociales obtenidas durante los gobiernos del PT fueron «obra de Dios». En esta interpretación de la realidad jugaron un papel decisivo las poderosas iglesias pentecostales existentes en ese país, sus miles de radios y centenares de canales de TV.
Estos conceptos pertenecen a Rafael Freire, secretario general de la Confederación Sindical de Trabajadores de las Américas (CSA), que acaba de elegir a Montevideo como su sede continental.
Entrevistado por Portal AEBU, Freire también alertó sobre la «ola de derecha» que atravesó a Brasil. Reconoció que en su país, tanto las fuerzas sindicales como los partidos de izquierda, fracasaron en dejar clara la autoría política de los avances en empleo, salario, legislación laboral, protección social y educación obtenidos durante los 14 años de los gobiernos de Lula da Silva y Dilma Rousseff.
Portal AEBU —¿Qué motivó el traslado de la CSA a Montevideo?
Rafael Freire —La CSA es una entidad que necesita de un ambiente político en el que pueda coordinar su trabajo continental sin estar impactada en sus acciones y su planificación por temas nacionales. En Brasil hoy se complica mucho la presencia de entidades internacionales por los mensajes del nuevo gobierno y se ha dado un retroceso muy fuerte en las relaciones laborales, luego de la eliminación del Ministerio de Trabajo. El contralor jurídico de los sindicatos pasó a depender del Ministerio de Justicia y ahora un delegado de la Policía Federal es responsable de su control. En cambio, Montevideo tiene la vocación de recibir a organizaciones internacionales. Por eso optamos por trasladarnos desde San Pablo para acá.
PA —Durante los gobiernos del PT, en Brasil vimos un avance en los derechos laborales. ¿Cuándo empezó el retroceso en esta materia?
RF —Empezó concretamente después del golpe contra la presidenta Dilma Rousseff. A partir de entonces se produjo un ataque a la negociación colectiva y en general a los derechos del trabajo. Ello se realizó a través de la reforma laboral que impulsó el gobierno de Temer que cambió mucho las relaciones laborales y significó un ataque frontal a los sindicatos, como por ejemplo en su financiamiento.
PA —¿Qué balance autocrítico hace la izquierda brasileña de este proceso iniciado con la salida de Dilma Roussef del gobierno? ¿Qué debió haber hecho y no hizo? ¿Qué hizo que no debía hacer?
RF —No puedo hablar en nombre de la izquierda brasileña. Puedo dar la opinión de alguien que se considera de izquierda. Jamás podemos olvidar que Brasil es un país muy elitista y tiene una elite muy concentrada y conservadora, diferente de las del resto de América Latina. Por algo el nuestro fue el último país que tuvo su independencia, el último que declaró la libertad de los esclavos, de los últimos en constituirse como república, de los últimos en aprobar el voto femenino. Queda claro que todo ello es consecuencia de tener una casta muy conservadora y excluyente de la clase trabajadora. Pero esta es una explicación histórica.
Creo que el error básico en los gobiernos del PT fue no haber debatido claramente con la sociedad brasileña las reformas estructurales.
Los gobiernos de Lula y Dilma hicieron mucho por la inclusión de los pobres, en su atención social, en el combate al hambre, en el acceso a la educación, a la salud y a la energía, pero no produjeron reformas estructurales, como la reforma fiscal y la reforma política. La estructura del Estado quedó intacta. Esto condujo a que mediante un ataque de las élites dentro de esa estructura intocada, el Parlamento y el Poder Judicial produjeran el golpe.
Gracias a Dios
No transmitieron claramente a la población que todos los beneficios y políticas sociales de los últimos 14 años fueron frutos de un gobierno. Hubo una encuesta aplicada a todos los beneficiarios de los programas sociales del gobierno y más del 80 % contestó que quien le consiguió casa, quien le permitió ingresar a la universidad, le proporcionó empleo, le permitió comprar auto u obtener un ascenso fue Dios. Y después otros contestaban que lo alcanzado era por mérito propio o por apoyo de la familia. Una pequeñísima cantidad reconocía que se había beneficiado de una política pública. De manera que cuando el gobierno fue atacado, esos 40 millones de familias que salieron de la pobreza y fueron beneficiarias no se sintieron en la obligación de defender al gobierno que los elevó a esas conquistas.
Otra autocrítica es la de no haber peleado más en la sociedad frente al golpe porque tuvimos mucha movilización, pero debimos haber cuestionado con más vigor institucionalmente este proceso.
PA —¿Ese predominio que tiene en las encuestas la atribución a Dios de las conquistas sociales puede explicarse por el impacto de las iglesias evangélicas?
RF —Sí. Hoy las iglesias neopentecostales son una fuerza política muy importante. Tienen canales de televisión y no sé cuántos miles de estaciones de radio en Brasil. Hay una estructura muy fuerte que retira temas de la política e introduce el tema de Dios. Entonces ahí está la explicación del crecimiento de las iglesias pentecostales evangélicas en Brasil.
Así se da el caso de que la mayoría de las personas que fueron beneficiadas por los gobiernos del PT cree que se lo deben a Dios.
Y a la hora de defender al gobierno no se identificó con él como el autor de su ascenso social.
No menospreciar a la derecha
PA —En este marco de crecimiento de la derecha en los gobiernos de América Latina ¿tienes confianza en el movimiento sindical uruguayo en esta coyuntura de elecciones a las que se están presentando candidatos de ultraderecha y de iglesias pentecostales?
RF —Tengo plena confianza en el movimiento sindical, en la izquierda uruguaya y en su capacidad para impedir que la derecha triunfe ahora. Pero una cosa que hablo con mis amigos de Uruguay es que jamás menosprecien la fuerza de esta ola de derecha. Nosotros pensábamos —era un consenso en Brasil— que jamás Bolsonaro sería electo. Hasta un mes antes de las elecciones nadie afirmaba que sería presidente; hasta se decía que cualquiera que fuera a la segunda vuelta con Bolsonaro ganaba. Miren que la fuerza de la oleada de la derecha es muy poderosa. Así pasó ahora en El Salvador, donde ganó la primera vuelta un candidato que derrotó tanto a la ARENA como al FMLN. De manera que creo en la fuerza del movimiento sindical uruguayo, pero mi opinión es que no menosprecien una oleada que se podría dar aquí en Uruguay, apoyada por toda una estructura mediática internacional.
PA —¿Qué espera de la instalación de la CSA en Montevideo?
RF —Esperamos que desde Montevideo la CSA pueda dirigir al movimiento sindical del continente, aprovechando la institucionalidad democrática del país, aprendiendo mucho de la unidad del PIT-CNT y compartiendo su experiencia de central única. La expectativa nuestra es que la CSA, a partir de su centro político en Montevideo, pueda tener un movimiento vivo y fuerte en las Américas.
