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«Yo maté a Michelini»

Mar 05/07/2016 - 10:53 por Editores

Foto: Radio Camacuá
Foto: Radio Camacuá

CAMACUÁ Y RECONQUISTA (C&R) —Hoy en Camacuá y Reconquista y recibimos en estudio a Margarita Musto. Bienvenida y muchas gracias por estar.

MARGARITA MUSTO (MM) —Gracias a ustedes, gracias por la invitación.

C&R —Actriz, directora, directora de la Comedia Nacional, muy conocida en el ámbito de la cultura y la sociedad en general y aparte autora de la obra En honor al mérito que es la excusa para invitarla a hablar con nosotros, sobre eso y de varios otros temas.

En honor al mérito se va a estrenar en AEBU, en la Sala Camacuá, el 1 de julio y va a continuar durante ese mes. La avant premiére es a las 19.30 horas de ese día y las funciones son a las 21 horas. Está dirigida por Martín Hernández y aprovechamos para preguntarle a Margarita cómo fue el proceso que terminó con la reposición de esta obra.

MM —Un día me llamaron desde Agadu (Asociación General de Autores del Uruguay), la gente que maneja los derechos de autor, para decirme que había un grupo de gente joven interesada en reflotar la obra, en trabajar sobre ella. La verdad es que me quedé muy sorprendida —en proporción más sorprendida que contenta— porque dije: «Qué raro». Al rato ya estaba más contenta que sorprendida. Imagínate lo que fue la sorpresa.

Esto no es algo habitual; es una obra política bastante oscura que trata de un tema que, por supuesto, sigue sin resolverse. Por eso me da mucha alegría que haya gente que tome la bandera de esta lucha de otras generaciones anteriores para seguir hablando de ella en el teatro, en las disciplinas artísticas.

C&R —La obra habla del asesinato de Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz ¿visto desde qué perspectiva?

MM —Desde la de los asesinos.

C&R —Contanos cómo se te ocurrió empezar a investigar este tema allá por el año 2000.

MM —En el año 1986 yo iba a la Escuela de Arte Dramático. Me acuerdo que un 19 de abril me levanté —en casa compraban varios diarios, entre ellos El País— y veo unas declaraciones. El Duende de la Trastienda del diario El País había publicado unas actas secretas de una comisión investigadora sobre el asesinato de Michelini y Gutiérrez Ruiz. Me puse a leer, un poco también por desviación profesional, porque estaban en forma de diálogo las preguntas de los diputados que integraban esa comisión que —reitero, era secreta— le hacían a una mujer. Se trataba de una enfermera testigo de la confesión de un militar, que estaba muy alterado porque decía que él había matado a Michelini.

Esa mujer tiene una historia en la que le pasó de todo: fue dada por muerta después de una paliza que le dieron al salir del Hospital de Clínicas; la atropelló en la calle Agraciada un «camello» —que era uno de los vehículos militares característicos donde llevaban gente detenida—. Tuvo varias peripecias muy fuertes relacionadas con el hecho de haber escuchado esa confesión.

C&R —¿La llegaste a conocer?

MM —Sí, fue muy raro todo. Yo había leído eso en el 86 y siempre me quedó en la cabeza. Un día con el Corto Buscaglia salíamos de una función y le dije: «Habría que hacer algo con este tema». Él me dijo: «Qué bueno». (Él se embalaba). Y me agregó: «Tenemos que conseguir el material». Eso fue muchos años después, pero me había quedado en la cabeza esa historia, ese mundo, el  universo de esas mujeres que salían con los militares, que les rendían servicios de todo tipo a los militares. Y cómo esta enfermera era amiga de una persona relacionada con un militar al que en las actas llamaban Zeta y que actuaba al lado de Equis. En la obra dejé los nombres Equis y Zeta. Algún crítico dijo: «Qué falta de coraje no poner los nombres», y yo dije: Al contrario, no estoy diciendo «qué coraje bárbaro», estoy diciendo que todavía no se sabe quién los mató.

Era un universo realmente de fiestas, de reuniones, de pequeñas rivalidades entre estas dos mujeres. Pequeñas rivalidades sobre todo en relación con los hombres, diversas situaciones donde se daban una mano y a su vez veías que existía una cierta pica y sobre todo miedo. El miedo de aquella época que en algunos momentos estas mujeres lo sintieron.

Quiero decir, lo sienten a la salida de la dictadura, cuando ven que «se va a hablar de esto y qué nos va a pasar» y «qué va a pasar conmigo». Una dice: «Yo voy a declarar lo que sé» y viene la otra a persuadirla de que no.

La obra está escrita como en flashback porque son esas dos mujeres que se encuentran y después vamos para atrás viendo las distintas circunstancias y por último está la escena con el militar. Es el momento en el que él dice —muy alterado, alcoholizado, muy drogado, no puede dormir hace días y no sabe si lo van a matar por lo que hizo— el único nombre que se da en la obra. Dice: «Yo maté a Michelini».

C&R —¿Cómo fue el encuentro con esta enfermera? ¿Fue anterior o posterior?

MM –Fue todo muy raro. Después que hablé con el Corto dije: «Voy a buscar las actas» (yo no las tenía, no había guardado nada). Fui al Palacio Legislativo a buscar ese diario. Yo no tengo mucha noción de cómo se investiga, no tengo demasiada idea. Pregunté por el año 86 y nadie sabía nada, absolutamente nada de esto. Había un gurí que era un ratón de biblioteca, yo estaba con mi hija, que era chica y estaba medio adormecida en la biblioteca y yo dando vueltas. Me dijo: «¿Qué estás buscando? Te veo desesperada». Entonces se lo dije, y me respondió: «Vamos a buscar todos los semanarios y los diarios de la época, porque va a haber alguna referencia a esa publicación». Yo reitero que fueron actas secretas porque en el momento en que las entregaran, se paraba la investigación. Cuando salió publicado, se paró la investigación sobre quién mató a Michelini.

Encontramos un semanario de la época que hacía referencia a esta publicación del diario El País. Entonces busco la fecha y resulta que el diario tenía arrancadas esas páginas. Todo iba pareciéndose a una película. Estábamos en plena democracia, pero se parecía a una película en la que te estás metiendo en un lugar... De ahí fui al diario El País, a la ventana donde tienen los diarios archivados, y pedí él del 19 de abril de 1986. «¿Por qué lo querés», me preguntan.

C&R —Es una historia larga...

MM –Claro. Había algo en el entorno o yo estaba muy paranoica. Me trae el diario, estaban las páginas centrales con las declaraciones, yo sentí que había encontrado el tesoro perdido y le dije que las quería fotocopiar. «No te las podés llevar». Ahí hice una especie de transacción, muy simpática me puse pero muy amable para que me lo dejara llevar. Lo llevé, lo fotocopié y me fui con ese material explosivo. Después se lo di a alguna gente para que escribiera. El Corto [Buscaglia] me decía que era muy periodístico y —en definitiva— un día dije: «Tengo que escribirlo yo».

Mirá cómo son las cosas, en las actas estaban las iniciales de la enfermera y en un momento, en sus declaraciones, dice que ella trabajaba en el séptimo piso del Hospital de Clínicas. Yo conocía a un médico del Clínicas y lo fui a ver; ni siquiera lo llamé por teléfono, mirá la paranoia, y le pregunté si conocía a alguna persona con esas iniciales HT que en tal época estaba trabajando en el séptimo piso.

Al otro día me llama y me dice: «Margarita, es Haydée, es una enfermera bárbara. Vení que le dije que tenías ganas de hablar con ella y venite que te está esperando. Está chocha porque vino Pepita la Pistolera a verla». El hecho es que salí corriendo y con el corazón latiendo porque a mí me motivaba mucho trabajar sobre este tema. Ahí la conocí.

Nos fuimos del Hospital de Clínicas a su casa y hubo dos o tres imágenes fotográficas que me quedaron de ella que fueron desde donde partí para escribir la obra. Verla en un contraluz, con unos papeles en la mano… Y ahí empezó toda aquella historia que fui grabando, y algunas cosas que ella me iba mostrando: citas que todavía tenía en las agendas, lo que habían escrito los médicos cuando ella había estado en estado de coma (cuando le dieron la paliza estuvo unos meses en estado de coma), partes médicos sobre ella.

Tuvimos dos o tres encuentros. Yo quería representarla a ella, yo quería estar arriba del escenario cuando alguien dijera: «Yo maté a Michelini». Me movía eso, quería ver qué pasaba en los otros. Cuando estás arriba del escenario tenés una percepción muy dilatada, muy amplia, de todo lo que pasa en la sala. Era como que yo quería estar ahí, no se me hubiera ocurrido dirigirla.

A partir de esa imagen, empecé a escribir. Yo escribo como una actriz, me levanto digo el parlamento y cómo reaccionará, reaccionará así, me paro lo hago, me siento y lo escribo. No tengo ni experiencia ni estudios de estructura dramática, tengo experiencia de leer y de trabajar en el teatro y sentir que hay obras que están bien escritas y otras que no están muy bien escritas.

Acá lo que me gustaba era observar qué pasa, de qué hablan, qué les está pasando, quiénes son estos tipos. En ese momento estaba influenciada, lo digo con toda modestia, por Harold Pinter, que me gustaba porque siempre escribe en un lugar donde las cosas no están dichas, pero ves que hay algo peligrosísimo alrededor.

La terminé de escribir y, con mucho pudor, se la mostré a alguna gente. Escribía a la una de la mañana, trabajaba, mi hija era chica, era una necesidad hacerlo.

C&R —¿Cuánto tiempo te llevó escribirla?

MM —Me debe haber llevado tres o cuatro meses. Había momentos en los que me trancaba y pensaba: «¿Qué hago con esto, cómo sigo, cómo la termino?» Si hubiera pensado que hoy, en 2016, seguíamos con ¿cómo se termina esto?, seguíamos con la misma pregunta…

 ¿Cómo la termino? Le busqué un final. Cuando uno escribe algo o hace algo, tiene que saber a dónde va. Unos me decían: «¿Por qué no haces un taller?», otros me decían: «Ni toques un taller ni hagas cosas de escritura con otra gente porque vos tenés un perfil». Fue un período muy caótico. Cuando la terminé de escribir no sabía lo que había hecho y tuve muy grandes devoluciones, más que buenas. Me acuerdo que eso me emocionó muchísimo. Después empecé a escribir dos o tres obras y nunca tuve una necesidad tan fuerte como con esta.

Yo sentí que la democracia había traicionado a una generación que es la mía. Salimos de esto, estuvimos al lado de mucha gente que sufrió mucha cosa, gente en la cárcel, gente muerta, gente desaparecida. Esperabas, no estoy hablando de una venganza, estás esperando una cosa mucho más fuerte que es la justicia.

¿En qué sociedad vivo? ¿En qué lugar estoy parada si viene un tipo y hace esto: despareció a un compañero mío y a otro le hicieron no sé qué? Salimos de esto y no pasa nada. ¿Dónde estoy? Eso era lo que sentíamos. Ustedes habrán visto lo que fue la manifestación en el Obelisco; estaba lleno de gente que se decía: «Ahora van a pasar muchas cosas».

Entre esa cantidad de cosas, hay mucho que retribuir, hay mucho sobre lo que hablar, mucho sobre lo que trabajar para hacer de esta una sociedad mejor, donde no reine la impunidad. La impunidad creo que ha tenido consecuencias muy importantes en distintas áreas de la sociedad que de repente no tienen que ver con derechos humanos. Estamos instalados en el país de la impunidad. Este país hay momentos que parecía la Bella durmiente del bosque, salía una información y la Bella: «Tuve una pesadilla».

C&R —¿Estamos o estábamos?

MM —No sé... Han pasado cosas, no del todo buenas pero han pasado. Hemos vivido mucho el triunfo del Frente Amplio. El Frente Amplio en el gobierno, con esto que vas y venís se han logrado muchas cosas, pero esto ¿por qué no se hace? Hay mucha expectativa, por un lado frustrada y por el otro estamos acá, temblequeando y viendo lo qué pasa.

C&R –Es un proceso de búsqueda de la verdad quizás más lento de lo que se esperaba o de lo que quizás esa generación reclamaba. ¿Qué repercusiones o qué movimientos has tenido en este tiempo, desde que estrenaste la obra?

MM —Nos dio miedo estrenarla. El único que la agarró fue Héctor Guido. La iba a hacer Omar Grasso, un excelente director. No pudo hacerla y después la tomó Héctor Guido en el teatro El Galpón, que fue una cosa realmente genial de puesta en escena. Era muy impactante. ¡Mirá que teníamos miedo! Era el año 2000 o 2001, salíamos a las 12 y pico de la noche del teatro porque era una función trasnoche y lo hacíamos asustados. Incluso el padre de mi hija me dijo: «¿Estás segura de que vas a hacer esto?» Estamos hablando de cuántos años después de la recuperación de la democracia. ¡Porque estaban ahí!

C&R —¿Fue especial para vos que esta obra haya sido premiada como mejor texto en los Florencios? Justo esta obra que tanta necesidad tenías de escribir...

MM —Después, todo lo que pasó fue bueno, el trabajo con Guido, con Bolani, con Paola, con toda la gente que intervino… el sonido. Creo que fue todo muy bien. Tuvimos varios premios de dramaturgia, de actores. La verdad es que nos fue bárbaro.

C&R —Estamos, lamentablemente, con poquísimo tiempo. Vamos a hacerte una pregunta más, por lo menos de mi parte, y es ¿en qué andas ahora? ¿Tenés alguna obra nueva en mente, en las gateras?

MM —Estamos en el teatro Circular, acabamos de estrenar una obra que se llama Encuentros en la estación del Este, con actuación de Dahiana Méndez. Es un monólogo, teatro documento, que está basado en el testimonio de una mujer que convive con la bipolaridad, padece la enfermedad de bipolaridad. Es una obra que artísticamente te permite mucho, hemos trabajando intensamente y dirijo la obra.

La hicimos durante dos meses los jueves y ahora el Circular nos ofreció para seguir los domingos, porque realmente también fue muy bien recibida. Te hablo así y parece que todo lo que hago yo lo reciben muy bien, pero no es así, me doy la cabeza contra la pared como todo el mundo.

C&R —¿En qué horario va los domingos?

MM —Va a ir a las 6.30 de la tarde, Encuentros en la estación del Este.

C&R —Te voy a hacer una pregunta bien cortita. ¿Qué es más fácil, hacer una obra basada en hechos reales o ficcionar puramente?

MM —Yo ficcioné en En honor al mérito, está basada en hechos reales y en algunas puntas que la protagonista me dio. Lo mío es ficción: ellas volviendo de una fiesta y comentando las cosas que vivieron. Y «¿estos tipos de dónde son?», y «este chileno que habló». Era una cosa muy ficcionada.

Lo de ahora no, son las palabras de la persona que está dando el testimonio, es tal cual la oralidad. Tiene una muy buena traducción, excelente traducción de Laura Pouso, que hace que lenguaje fluya en forma muy buena. Quería agregar una cosita. Soy exdirectora de la Comedia, estuve tres años y este año ya no soy, es Mario Ferreira. Lo que quería comentar es que en el primer año que estuve en la Comedia queríamos hacer algo que fuera un homenaje, no a las víctimas sino a los familiares de las víctimas que todavía siguen queriendo saber qué pasó con la gente que no está más, con sus queridos parientes que no están más.

Y también fue muy fuerte, con el texto de Inés Bortagaray hicimos una investigación apoyados en las investigaciones de Mariana Motta. Todo esto agarrado desde el punto de vista artístico y eran los actores de la Comedia hablando como si fueran figuras de desaparecidos y decían: «El tiempo pasa», por eso se llama así, «mi madre mi hijo, mi nieto, mi bisnieto...», y decían el nombre de todos los familiares que los siguen buscando. Perdón, los siguen buscando. Tipos que se fueron a los 22 años, ahora te hablan de que mi nieta tal, me sigue buscando.

Lo digo porque son esos temas que me parece que nos muestran la sociedad en la que estamos, lamentablemente. Creo que ahí hay una cosa que hay que intentar corregir porque tiene demasiadas consecuencias.

C&R —Margarita, muchas gracias por este rato y por esta obra.

MM —Gracias a ustedes.

 

Transcripción: Natalia Hernández

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